Teresita y yo…



Era septiembre en uno de esos pueblos de campo al centro de Cuba. La calle por la que pasaban los perros y los cerdos se desplegaba ante tus ojos por esos tiempos ya distantes. Ella es Teresita, me dijo una amiga a quien le pedí con ahínco, casi tirándole de la falda, preséntame a la dueña de vinagrito. Lo recuerdo casi perfecto; tus canas largas como venas, grises como los atardeceres de estos sitios bucólicos de yaguajay, te llenaban el cuello.
La mudez se impuso junto a mi pose de estatua. Y se fue llenando ese espacio con tu humo y el humo con los ojos de noche de una ranita chiquitina y  mis manos parecían las tímidas de un muchachito de chocolate.
Te miré y apenas eras conciente de la expectativa. Hubiera querido preguntar si era verdad eso de que llenabas los rincones con trapos para que anidaran los ratoncitos del barrio, por que si no, y me parece ver los hombros contraídos de mi informante “¿Dónde iban a vivir?.
Una vez leí en una entrevista exclusiva a Escambray que Teresita Fernández había recogido un gatico abandonado y, había sembrado violetas una palangana y que por eso es que resultó, según la propia trovadora, una mujer famosa. Casi le pregunto a tus ojos : “¿ Yo también puedo recoger gaticos, sembrar violetas y ser como tú?¿Y un día haber crecido  lo suficiente como para ser otra vez niña? ¿ y tener esas manos temblorosas que parecen pasar por la guitarra en todo momento? ¿o esa voz de árbol hueco? ¡Tan extraña y sugestiva!; o cambiar mi tono y decir: mi corazón te quiere mucho y que me respondas con esa dulzura: muchísimo te quiero yo.
Antes de tenerte tan cerca creyó esta reportera saberlo casi todo de la voz que tornaba las cosas feas en colores. Teresita Fernández nació en Santa Clara, el 20 de diciembre de 1830, se graduó de la escuela Normal de Maestros y desde el 59 ya anda teresita con su título de Doctora en Pedagogía en el bolsillo. Escuchaba en cualquier noticiero o tertulia.
Lo abras recibido como quien recoge una flor y la hecha a enraizar en una botella con agua, con igual soltura la Distinción por la Educación Cubana y por la cultura nacional. Quizás hiciste con estas un nido más, o una explanada para que echaran a volar los tomeguines de su cabeza.
Si te toca la luz el cabello y te asila el rostro el sudor, eres otra vez la niña de cuatro años rumbo a la CMHI para cantar en la Hora de Marta. O la jovencita a quien el viejo Tabacalero Benito Vargas instruía en los misterios del juglar.
-         “¿No te los vas a comer?¿ Me los das para mis amigos?
Y te me desmoronas Teresita. Es otra la que le quita chicharrones de viento a una chica par sus amigos.
 Entonces bajas los brazos, desmenuzas el alimento crujiente con tus dedos y repartes las migajas entre los perros de Jarahueca.
Que dulce travesía esa que emprendimos contigo todos los niños de todos los pueblos de Latinoamérica. ¡Alimentamos juntas  animales callejeros antes incluso de conocerte! ¡Cuántos chiquillos guardan cocuyos para sus fechas importantes, ¡Cuántos enamorados hemos llenado de violetas cualquier cacharro …!
Ahora que dicen que las alitas de cucaracha escoltan a la fundadora de la Peña del Parque Lenin, recuerdo el encuentro Iguará, otro pueblo yaguajayense.  Le pedisteis a los infantes que el día de tu muerte regaran cemento fresco sobre tu tumba y que pasaran luego todos los niños…. Ya no podrá ser,  porque todos los niños están muy ocupados Teresita en eso de jugar día y noche una ronda con la niña de cuatro años que cantaba en la emisora de radio de ciudad natal.

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